8/10/15

La antidemocrática dedocracia.

“Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser o grande o democracia, Theodore Roosevelt
La democracia necesita de virtud, si no quiere ir contra todo lo ésta pretende defender y estimular, Juan Pablo II”.
Todos los que militamos en el Partido Popular sabemos que el candidato del PP a las elecciones generales será Mariano Rajoy, sí o sí. ¿Y porque? Porque se autodesignará con dedocracia, que no democracia, algo impensable en los países más avanzados de Europa.... y ni que decir en EEUU.
Y claro, podemos pensar, ¿El PP es solo de Rajoy para que él mismo se designe? Pues no, el PP es de todos los afiliados, pero la dedocracia impera en el seno de nuestro partido, y esto, es un grave problema. ¿Acaso Rajoy sabe cual es la opinión de los afiliados a su designación? ¿Porque no se enfrenta a un proceso de primarias para que los afiliados puedan elegir en una urna, votando, como partido democrático, al candidato que desean? 
Es vergonzoso hablar de democracia cuando la misma no existe dentro del partido. La crisis ética y moral de los partidos políticos carentes de debate interno, alimentan la corrupción, la cual no es sólo económica sino de legitimidad, dónde los intereses de los dirigentes se imponen sobre la voluntad democrática de las bases, ¿será que se las considera ignorantes y por ello no se les consulta?
El gesto del dedo de Rajoy es un gesto de arrogancia tácita para todos los demócratas y afiliados del PP, que hemos de resignarnos a la elección del líder en lugar de permitir el paso a la virtud del candidato. La dedocracia es la vieja política, esa del siglo XIX y XX, esa de la dictadura, esa política caducada.
Cómo demócrata que soy, creo en una democracia en dónde los afiliados a los partidos podamos elegir nuestros candidatos y dirigentes a través de un cauce democrático y poder elegir a los mejores dentro de los mejores desde las bases, para no volver a tener dirigentes que no son idóneos gestores públicos, y que no saben lo que es ganar unas elecciones directas. 
Como demócrata que soy, creo en una democracia en donde podamos elegir libremente a nuestros representantes, en listas desbloqueadas, y no a una lista cerrada y bloqueada donde elijes al partido pero no tienes opción de elegir a tus representantes. 
Esta monumental crisis, que no saben o no quieren ver ni prever y que alimentaron unos y otros con una sucesión de errores de gestión. Escándalos de corrupción que salpican a casi todo el arco parlamentario y a otras instituciones. Creciente falta de credibilidad, nutrida por una sucesión de promesas incumplidas, una nula autocrítica y un discurso envuelto en palabras que ya han dejado de calar en una apreciable parte de la ciudadanía... 
La suma de esos factores, y de algunos más, ha empujado a la ciudadanía a un creciente desapego de los partidos políticos, que reflejan las encuestas y, muy en especial, el pulso de la calle. Una quiebra que ha sacudido con singular virulencia a las grandes formaciones, pero que ha acabado por salpicar a la cosa pública en general y ofrece un terreno abonado, de momento, por fortuna, sin frutos, para el populismo, los liderazgos caudillistas y otros movimientos poco deseables en una democracia verdaderamente sana.
Los partidos deberían ser conscientes de esa precaria situación. No les supondría gran esfuerzo: bastaría con que algunos de sus principales dirigentes salieran a la calle sin orejeras y dejaran de mirarse el ombligo. 
Pero no parecen dispuestos a enmendarse. Solo así se puede entender no ya el ímprobo esfuerzo que les supone dar pasos hacia una mayor democracia interna, sino la querencia por el dedazo y el ocultismo, acentuada por extrañas razones en los últimos tiempos.
El sistema democrático precisa de una regeneración, que resulta de todo punto inviable sin una sincera implicación de los partidos. Pero si estos no empiezan las reformas por su propia casa, pocas esperanzas pueden albergarse de que ese proceso, tan urgente como necesario, se salde con éxito. Por tanto, manos a la obra. Algunos llevamos ya un tiempo dando la batalla por ello.


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