14/9/15

El debate de las listas electorales.

Este debate está en boca de todos los ciudadanos. Todos quieren poder decidir a quien votan, y no tener que votar una lista cerrada y bloqueada. 

Así, la lista cerrada y bloqueada sólo faculta al elector a votar al bloque de la lista propuesta por el partido (un voto de la totalidad de los candidatos), con los nombres y el orden que el partido impone, dejando de lado las preferencias de los ciudadanos, es decir provoca que el elector sea incapaz de escindir el sentido del voto.

La lista cerrada pero no bloqueada, sigue privilegiando al voto partidista (el voto por la lista conlleva exclusivamente al voto por el partido) pero el elector puede modificar el orden interno de la lista. En teoría, la lista será una propuesta por el partido susceptible de sufrir modificaciones de acuerdo al elector.

Lo anterior, implica la concreción de alguno de los siguientes objetivos: 
1) la eliminación de un candidato de la lista; 
2) la manifestación de preferencia por un candidato, o 
3) el establecimiento de un orden de preferencias interno de la lista.

El desbloqueo de una lista implica también el traslado de la facultad decisoria de precandidatos del partido al elector. Cuando la facultad de alteración preferencial se utiliza, puede atemperarse notablemente la importancia del orden de la lista.

La lista abierta (que implica necesariamente el desbloqueo) es la posibilidad de libre diseño de una lista alternativa tomando como candidatos a los postulados en las diferentes listas elaboradas por los partidos. La utilización de una lista abierta, a diferencia de las anteriores, implica una posibilidad de personalización absoluta del parlamentario electo. Si bajo el sistema del desbloqueo se puede favorecer candidaturas individuales de un mismo partido, aquí es posible la combinación de candidaturas individuales de partidos diferentes.

La apertura de lista o su desbloqueo, en menor medida, comparten como virtud conjunta la incidencia en la determinación de los candidatos electos (no sólo se determinan los escaños sino los sujetos titulares), la personalización del representante y, finalmente, una cierta democratización de la toma de decisiones de los partidos.

Pero, que se produzca esta virtud e, inclusive, que varíen los resultados a consecuencia de las listas abiertas y desbloqueadas con respecto a las cerradas y bloqueadas, depende enteramente del elector: si el elector no hace uso de su facultad, cierra la lista.

La apertura o desbloqueo de listas se conciben como una forma de acabar con la oligarquía en los partidos políticos. La oligarquía en los partidos no se manifiesta exclusivamente en la selección de sus candidatos o en la conformación de la lista respectiva. Más congruente, parecería fomentar la democracia interna de los partidos y la posibilidad de institucionalizar el disenso. 

Sin embargo, no puede minimizarse que el desbloqueo de listas, cuando es efectivamente empleado por el elector, puede favorecer a la contienda interna. 

La lista cerrada pero no bloqueada, puede representar un atenuante respecto a la dispersión del voto. A este entender, si el elector puede externar una preferencia o modificar el orden de la lista, pero sólo entre los candidatos de un mismo partido, el partido se ve fortalecido. 

A modo de ejemplo, no es la misma hipótesis haber sido electo en una lista desbloqueada de 20 escaños ocupando en la papeleta el puesto número 14 que siendo cabeza de lista. En la primera hipótesis, existe una segura intervención del electorado en la modificación del orden propuesto por el partido mientras que, en el segundo caso, la voluntad del electorado de que ese parlamentario en cuestión sea electo es bastante cuestionable y sólo puede predicarse de forma teórica. El primer parlamentario se encuentra consciente de que goza de un apoyo popular porque se ha modificado sustancialmente la lista para votarle, el segundo parlamentario, sólo podría inferirlo débilmente e, inclusive, esta misma inferencia se debilita de forma directamente proporcional al respeto que haya tenido el elector con el resto de la lista.

Supongamos que un partido presenta dos listas de 20 parlamentarios en diferentes circunscripciones (“A” y “B”). En ambas listas, el partido obtiene 6 escaños y en ambas listas, el cabeza de lista es electo. Si en la lista “A” se eligieron los parlamentarios con números 1 al 6, será difícilmente predicable que el diputado o senador electo como cabeza de lista —e inclusive los demás— cuenta con algún apoyo popular claro (que sí tiene el partido). Pero, si en la lista “B” se elige al cabeza de lista y además a los parlamentarios con números 4, 9, 13, 18, y 19, entonces, la modificación que se ha hecho de la lista, permite hacer una inferencia mucho más sólida de que el electorado ha apoyado a los candidatos referidos al ser una modificación sustantiva de la lista y al ser ínfimas las probabilidades de que esta alteración tan precisa se haya producido por un criterio aleatorio del votante.

Tampoco debe olvidarse que el criterio del partido respecto a la elaboración de una lista desbloqueada y una lista bloqueada no difieren sustancialmente, utilizan el mismo criterio de conformación: un parlamentario postulado como cabeza de lista se encuentra en tal sitio precisamente por una especial disciplina de partido y un comportamiento corporativo que no será eliminado por la simple ratificación del votante.

A modo de conclusión, podemos señalar que las críticas que se le han hecho al sistema de listas cerradas y bloqueadas tienen su fundamento en la escasa facultad decisoria que posee el elector sobre la determinación individual del candidato, es decir, se despersonaliza al representante en el sentido en que no es electo estrictamente a consecuencia del sufragio.

El desbloqueo de listas, con la intencionalidad con que ha sido propuesta en el debate español, debe ser una medida aparejada a una reforma mayor de aspectos concretos del proceso electivo: junto a ella, aguarda en la agenda la democratización interna de los partidos políticos.

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