21/7/15

Indiferencia y complicidad.

Quiero dedicar estas líneas a la indiferencia y la complicidad en política, pues ahí existe otro peligro para la democracia en general, y para el funcionamiento interno del Partido Popular en particular.

La indiferencia es un proceso de la mente por el cual pierden valor e interés todos los datos relacionados con la situación, aumentan las dudas sobre la sinceridad y coherencia de los gobernantes o de quienes dirigen el partido y causan desaliento e indignación entre los votantes y los militantes del partido.

Los efectos más devastadores de la indiferencia se producen en el nivel moral de la persona que la ejerce, de los votantes del partido, y más aún de los militantes del mismo.

Cuando no hay denuncia ni resistencia, cuando no hay oposición ni lucha contra los males o las injusticias, se pierde la fe en la regeneración y se aceptan las situaciones injustas como algo normal. A continuación viene la resignación y la impotencia, si no la desesperación.

Se pierde la esperanza del cambio y se renuncia a la participación en la mejora del partido. Ese es el perfil psicológico del militante del Partido Popular actual ante el triste panorama de la política en nuestro tiempo. Lo más peligroso es que la indiferencia afecta al juicio y al sentimiento del hombre por lo cual éste pierde la capacidad de medir el alcance de la responsabilidad y de la acción.

Es un vacío de la inteligencia y de la conciencia que se presenta como desarmada frente a tanto atropello de la justicia o de la igualdad. El término alemán es más expresivo: “Gleichgültigkei” (todo vale igual, todo es lo mismo) no hay diferencia entre lo bueno y lo malo, con pérdida de la capacidad de discernimiento moral de las cosas. No hay balanza.

Es la mayor manipulación del ciudadano en general y al militante del partido en particular, conseguir de él que no reaccione ante los males destruyendo toda capacidad de crítica ni positiva ni negativa. Ya no hay valores, todo da igual y a todo se acostumbra uno.

Se renuncia a toda iniciativa en esa dirección. Además de todo eso, la indiferencia es una amenaza para el espíritu de construcción y colaboración. No es un sentimiento aislado (pues viene acompañado de otros muchos) pero sí aísla al que lo posee, aportando pasividad, paralizando la toma de decisiones y frenando la confianza en la dirección del partido.

En el peor de los casos, la indiferencia se transforma en complacencia con las injusticias observadas que llega a la complicidad en dichas prácticas y a participar en ellas. Para que esta ausencia del espíritu democrático no se extienda o se universalice, es necesario reaccionar.

La despreocupación es, igualmente, un deterioro de la democracia que conduce al desinterés por la política y por el funcionamiento del partido. Muchas veces existe una falta de política de incentivos que se reducen sólo al interés económico llamado dinero que lo mueve todo y, paradójicamente, lo envenena todo.

No importa nada más que lo que se paga. Todo lo que necesitan los totalitarismos para que triunfen es que nadie se interese por ellos y sean indiferentes ante ellos.

Y lo más grave, existen complices en esta situación que hacen que todo siga igual, o empeore, conocedores en primera mano de todo lo que ocurre, pero impasibles, por el miedo al enfrentamiento político, por no perder las cuotas de poder alcanzadas con su complicidad, pero inconscientes de que, más pronto que tarde, en cuanto se reaccione, perderán esa cuota de poder complices de las injusticias que amparan.

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