4/5/15

Desafección hacia la política y la falta de democracia interna de los partidos.

La desafección hacia la política y los partidos políticos de los españoles es algo que viene siendo patente desde hace unos años. Los resultados del barómetro de marzo del CIS lo pusieron claramente de manifiesto.

Hace pocos días, el Presidente de mi partido y del Gobierno de España, Mariano Rajoy, se autoproclamaba candidato del Partido Popular a las elecciones generales, sin pararse a pensar, por un solo segundo, que piensan, que quieren o que les gustaría a los afiliados del partido. Consultar a los afiliados, ¿para que?. ¿Esta es la democracia interna de los partidos que exige la Constitución? 

No podemos dejar de reflexionar ante esto, pues no es una cuestión menor o baladí. Es algo muy preocupante, pues en la democracia, la participación de los ciudadanos en la política es el único mecanismo con el que se cuenta para poder trasmitir los intereses y necesidades de los ciudadanos, y de esta forma, realizar sus peticiones a los dirigentes políticos.

Y una cosa tengo clara. Para superar estos momentos no valen las recetas del pasado. Esas recetas ya caducaron. No es la primera vez que nos enfrentamos a un escenario de desconfianza, pero sí la primera en la que nos vemos tan obligados a repensar toda una serie de cambios para nuestro sistema democrático dada la profundidad y la magnitud de los problemas que han surgido en los últimos años.

Resulta llamativo, además, que estos sentimientos negativos de desconfianza, irritación e insatisfacción se proyecten, especialmente, sobre los dos grandes partidos, que son los que están acusando, de manera más evidente, el descontento ciudadano. Este descontento, esta indignación, tampoco se traduce en una menor movilización. La ciudadanía está muy movilizada, pero al margen de los cauces tradicionales.

Los partidos políticos, que según la Constitución son instrumentos para el pluralismo político, la voluntad popular y participación ciudadana, necesitan reformas, necesitan democratizarse.

Los partidos políticos está sumidos en un pozo de descrédito tan grande, que hay que solucionarlo con transparencia total, más democracia interna, más apertura a la sociedad y más fortalecimiento de la militancia.

No puede hablarse de democracia interna en un partido si a sus afiliados no se les reconocen, no se les facilita su ejercicio y no se les garantizan en el interior de los partidos políticos los mismos derechos fundamentales de los que, como ciudadanos, son titulares en la sociedad gracias a las Constitución.

Y para hablar de democracia interna de los partidos, hay que tener claros varios conceptos:

La selección de los dirigentes internos se debe realizar con transparencia y mediante la formula: un afiliado, un voto.

Los partidos en sí no son nada sin sus afiliados, y para que estos se sientan plenamente identificados con su partido, ya no basta unas siglas, pues es más que evidente que esas siglas pueden defender unos valores e ideas u otros, dependiendo de quien dirija el partido. Para que los afiliados se sientan representados deben poder elegir a sus dirigentes.

La designación de candidatos debe realizarse del mismo modo que la elección de los dirigentes. Un afiliado, un voto.

Los partidos políticos deber regirse por el resultado elegido por la mayoría de sus afiliados y no por la imposición (vulgarmente conocida como dedazo) de las cúpulas de turno.

Debe existir garantías de igualdad entre los afiliados y protección de los derechos fundamentales en el ejercicio de su libertad de opinión.

En 1911 Robert Michels, en su estudio sobre el Partido Socialdemócrata alemán, alertaba sobre uno de los problemas centrales a los que se enfrentan los partidos políticos: el de la Ley de Hierro de la Oligarquía. En su trabajo señalaba que un partido nunca sería democrático porque en la propia organización estaba el germen de la oligarquía. 

Esta descripción sobre las organizaciones partidistas europeas, realizada hace casi ya un siglo, podría extrapolarse hoy fácilmente a la mayoría de los partidos políticos en España.

Otro de los graves problemas actuales es el de las listas cerradas. El sistema electoral alemán, un modelo ejemplar bajo mi punto de vista, propicia una altísima proporcionalidad entre el escrutinio y la composición del Parlamento al mismo tiempo que la cercanía entre los diputados y sus votantes. Cada ciudadano tiene por así decirlo dos votos, que expresa en una misma papeleta.

En una columna, el votante elige a un candidato concreto, un político de su circunscripción; y en la segunda columna expresa su preferencia por un partido, no necesariamente el mismo del candidato que ha seleccionado en la otra mitad de la papeleta.

Los candidatos más votados en cada una de las 299 circunscripciones locales obtiene directamente un escaño. Pero el número de diputados que tendrá un partido en el Bundestag depende más de la elección en la segunda columna.

Para este reparto, se aplica la denominada regla de Sainte-Laguë (parecida a la Ley d’Hont), que da un resultado casi completamente proporcional sobre el total de asientos teóricos del Bundestag.

Si una lista obtiene más escaños por este voto que la suma de los conseguidos en el voto directo a candidatos, completaría el reparto con los diputados que van en las listas cerradas de la segunda columna (diferente en cada uno de los 16 estados federales). Si por el contrario hubiera ganado más por el voto directo, conservaría esos diputados, denominados “excedentes”.

El sistema electoral es solo un factor para definir la calidad democrática de un sistema político y de un país. O se reacciona ya, ahora, o mañana será tarde y el descrédito y la desafección irá en aumento.

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