4/5/09

Cascallana: La política elevada al grado de arte.... de la mentira.


Cuando hablamos de política, rara vez salen a relucir buenas palabras por nuestras bocas. Una pena. Yo creo en la política, de no ser así, mal demócrata sería. Algúnos dicen que la política es un arte, algo que no creo, pues de serlo lo sería de la mentira como bien nos lo hace presente Cascallana.

Cascallana y los suyos están muy alejados de la democracia. Por eso creo que es obligación de los vecin@s de Alcorcón, hoy más que núnca, interesarnos por esto que algunos llaman arte, que es el arte de la mentira, para que podamos ver la trifulca a la que nos tienen acostumbrados en esta partitocracia que nos ha tocado vivir. Esta partitocracia que vive de espaldas a los intereses de los vecin@s, ya que ninguno de los partido actuales parece estar por la faena de regenerar la democracia y fomentar la participación ciudadana, y sí de seguir por la vía partidista, esa que le marcan "los de arriba" del partido.

Hoy en día, los politicos no tienen escrúpulos en ocultar la verdad a los vecin@s. Me niego a creer que en los vecin@s de Alcorcón ha desaparecido el apetito por la verdad. Sería entonces cuando los vecin@s no tendríamos derecho alguno a saber la verdad política que nos gobierna, y bastaría con que se nos conduzca como al ganado. Y por supuesto que no somos ganado.

En estos día he releído unos libros sobre política. Unos libros que no me canso de leer, pues reflejan la realidad de la política en forma breve e irónica. Uno de los que más me gusta se titula El arte de la mentira política, escrito por Jonathan Swift. Este libro expresa que el político tiene el firme compromiso de ocultar las verdades, mientras procura democratizar la mentira. Una verdadera pena pero una triste realidad.

Una duda asalta al autor de este libro, que es saber quiénes de entre nuestros políticos mienten mejor: si los de izquierdas o los de derechas. Asunto en el que confiesa sus limitaciones y no es capaz de dilucidar dada la enorme competencia que muestran ambos. Motivos por el que contínuamente escuchamos en boca de nuestros políticos apelos a la calma, a la compostura, al acuerdo... todo sea que en uno de esos arrebatos, en el fragor de la batalla, a un torpe orador se le caliente la boca y se le escape alguna que otra verdad de la que se arrepienta, que pueda ser escuchada por los vecin@s, y se tropiecen, con la realidad de los hechos que con tanto esmero la clase política se esmera en ocultar.

Cuando uno de esos torpes políticos a los que se le calienta la boca hace oídos sordos y se deja arrastrar por su orgullo, más que dejarse guiar por los intereses comunes y partidistas que comparten, sucede lo que sucede: que los vecin@s se enteran de todo lo que secretamente manejan nuestros políticos.

Para evitar semejantes males, haríamos bien en seguir en adelante el consejo de Swift de elevar el arte de la mentira política a la categoría de sistema. A tal fin propone crear una gran sociedad de mentirosos, algo así como una comisión constituida por los portavoces y jefes de partido con representación, cuya función consistirá en velar por la capacidad de sus correligionarios en el manejo del arte de mentir, impidiendo el acceso a sus filas a cuantos fueran sospechosos de sinceridad.

A este respecto, a Cascallana se le reconoce notablemente que ha hecho mejor los deberes que Fernando Díaz, pues no hay ni comparación política entre l@s locuaces y hábiles Natalia de Andrés, Manuel Lumbreras y Tatiana Ercolanese con Antonio Ramirez, Ana Maillo o Jose Emilio Pérez, por poner algunos ejemplos evidentes... Encima Cascallana lo complementa cuando de trabajar en equipo se trata, pues a nivel de Gobierno siempre ha sabido reconvetir con mayor eficacia y acierto propio los errores ajenos, si por tal entendemos foco de propaganda y charlatanería. Vamos un buen político en eso de hacer de la política un arte, de la mentira eso sí, pero arte y al fin y al cabo.

También el autor despacha a gusto una instructiva tipología de mentiras dando particular cuenta de sus características en lo referente a su duración, alcance y modo de empleo, acompañado de no pocos consejos para que el político astuto sepa sacarle el potencial provecho sin correr innecesarios riesgos.

Aunque la mentira política puede nacer de muchas fuentes, la mayoría tienen su apogeo en momentos de vacíos en las cabezas de políticos y en las que deposita su entera confianza, empeñando con ello su personal prestigio y profesional futuro, cosa que nunca se ha de hacer (atienda bien señor Cascallana), pues la naturaleza de la mentira política ha de ser eminentemente mudable, efímera y de ambigua polivalencia para poderse ir acomodando a todo tiempo y circunstancia.

Por el mismo motivo tampoco es recomendable insistir demasiado en una misma mentira, si es que ésta ya ha cumplido su cometido de sembrar duda y confusión, pues se arriesga uno a creerse sus propias mentiras.

Pero aunque fuera el caso de que Cascallana y los suyos se hubieran llegado a creer la cantidad de falsedades que han sido capaces de soltar de un tiempo a esta parte, dado el bajo nivel formativo y cultural del que hace gala nuestra bien nutrida y acomodada clase política, es posible que a Cascallana y sus secuaces les baste y sobre a estas alturas con leer El arte de insultar,escrito por Schopenhauer. Esto seguro que les gusta más y lo utilizan de forma reiterada, tal y como nos tienen acostumbrados.... aunque no se que decirles.

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