9/2/09

Llega el carnaval.


Todos estamos ya preparados para ver el carnaval 2009 en Alcorcón. Lo que tengo muy claro es que cada vez falta menos para el carnaval político representado en el famoso baile de máscaras, pero ya queda menos.

Uno de los más curiosos fenómenos de la política es aquel,tantas veces señalado,que obliga a los "profesionales políticos" a tener dos caras: la que lucen en público y la que ocultan en la intimidad.

Esta disciplina de los movimientos espontáneos es, desde cierto punto de vista, plausible. La exhibición en público de toda espontaneidad resultaría indecente. Así, la educación es, un triunfo sobre el humor nativo. Pero estas correcciones de lo elemental son dignas de alabanza cuando obedecen a un principio acatado en la convivencia. La sujeción impuesta a la sinceridad salvaje no es comparable con la insinceridad que no tiene justificación o que la busca en razones menos respetables: insinceridad misma.

Tal es exactamente el caso de los políticos de Alcorcón: deponen sus luchas, ocultan las verdades, deforman la expresión de su espíritu, no por servir con sacrificio, sino por mantener vivo el juego en que la política medra, sin el cual la mayor parte de sus actores tendrían que replegarse al oscuro medio familiar de donde no debieron salir nunca. Porque ésta es la cuestión: quizá el disimulo pudiera tener disculpas si se encaminara a no comprometer algún grave interés; pero no es eso lo que ocurre: los políticos, al observar sus pactos de silencio, no se han propuesto una gran tarea colectiva, sino sólo pueden asegurar la perduración del juego mismo.

De ahí que quienes están fuera del juego, los vecinos y las vecinas de Alcorcón, se miren con estupor entre sí, y a menudo con cólera, cuando observan cómo se volatilizan las grandes palabras por las cuales ellos, los de fuera del juego, acaso se sintieron enardecidos hasta comprometer su paz, mientras que los politicos que las lanzan a voz en cuello por todos los ámbitos ya han pasado tranquilamente a hablar de otra cosa. Es decir, han recogido la baraja y se disponen a dar de nuevo.

Cuando se barrunta vecindad de elecciones, las componendas llegan a lo inverosímil. Al gusto habitual por el fingimiento se une una fuerte dosis de terror. Todos empiezan a temer quedarse sin los puestos y para conservarlos se sienten capaces de vender su alma al demonio. Los que se insultaron hasta la víspera empiezan a decirse cosas tiernas. Otros alaban sin regateo a personas a quienes hubo que desmontar de lugares de mando por graves sospechas de inmoralidad. Aquellos a quienes se acusó de ladrones empiezan a ser llamados personas honorables, cuya lealtad y honestidad no se pueden poner en duda. Se cambia hasta el tono de voz como en carnaval. La política se convierte en un baile de máscaras.

Y así se va estrangulando el alma popular, elemental y fuerte, inclinada a decidir por razones claras. Las gentes sufridas de Alcorcón tienen que ceder una vez y otra en su manera llana de entender para plegarse a explicaciones sutiles. De esta manera no suben a la política las calidades de la entraña popular, sino que se van introduciendo en Alcorcón los malos usos de la política como un contrabando de estupefacientes. En cada acto político se monta como un remedo del gran baile de máscaras nacional.

Y si alguien, de pronto, pusiera fin al baile y empezara a llamar las cosas por sus nombres, ¿qué pasaría? ¿Que se hundiría quien mereciera permanecer? ¿Y si no pasaba nada? ¿Y si sencillamente entraba un aire nuevo, incontaminado, a deparamos una atmósfera respirable? Quizá estemos envenenados de sabiduría y necesitemos una recia cura de espontaneidad. Tirar las caretas y salir a la calle con las verdaderas caras y con las palabras verdaderas.

Nosotros lo hacemos y lo haremos más cada día. No nos concederemos descanso en ir de barrio en barrio, con el oído despierto para las viejas venas sepultadas y vivas. Los bailes de máscaras no son para nosotros. Quizá falte muy poco para que, cuando los demás apresten sus disfraces, nosotros, junto a los vecinos y vecinas de Alcorcón, celebremos la austera alegría de una libertad recobrada.

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