23/1/09

Democracia y crisis representativa en la política municipal.

Después de tantos años escuchando a Enrique Cascallana hablar de democracia, participación, escuchar a los vecinos, etc, la cruda realidad se muestra tal y como es, pues este alcalde no gobierna la ciudad sino que la maneja a su antojo según le convenga, esa es la concepción que tiene este señor de lo que es ser alcalde.

Mucho miedo.
Miedo a tener que responder por el terrible despilfarro y endeudamiento al que se somete a nuestra localidad, miedo a que tengan que contar porqué se regalan tantos sueldos a ese numeroso personal de Directores, miedo a no saber qué es una política de igualdad, miedo a tener que explicar porqué aumenta de precio los aparcamientos "sociales", miedo a tener que explicar el aumento de impuestos, miedo a explicar porque somos los madrileños con peor calidad de aire respirable en parte gracias a su política deforestadora en parques y jardines, miedo a explicar el porque de la subida de impuestos, miedo a tantas y tantas cosas… que no quieren escuchar y que no saben cómo contestar. Nuestra localidad no se merece tanta mediocridad y actuaciones caciquiles como estas.

Se pasan la pelota unos a otros, pero no solucionan los problemas.
Básicamente todos los partidos políticos se culpan mutuamente de los fallos. La crisis de representación política tiene múltiples causas, entre las cuales se pueden mencionar a la amplia brecha entre representantes y representados, a los diferentes niveles de especificidad que revisten las demandas de la comunidad y a la creciente complejidad burocrática de la administración pública.

Además se podría agregar otro motivo importantes, que provoca erosión en el reconocimiento de algunos cuerpos políticos y de sus integrantes: la escasa eficacia en la gestión política.

Preocupaciones reales de los vecinos.
Empezando por lo más inmediato, las principales preocupaciones de los vecinos son el mantenimiento del barrio: las calles, el mobiliario urbano, el alumbrado o las zonas verdes, tema típico de las acciones del movimiento vecinal, y que en la actualidad las asociaciones pretenden llevar a todas las esferas de la vida social del barrio, principalmente a los temas relacionados con la salud, a la educación (educación de adultos o exigencias para la instalación de colegios e institutos en sus barrios, formación en general), a problemáticas como la droga, a la seguridad ciudadana, a las movidas nocturnas de los jóvenes, y actividades que potencian la sociabilidad vecinal (organizar fiestas y veladas, cursos formativos, convivencias, excursiones…). Son este tipo de problemas los que en la actualidad catalizan el interés colectivo de los vecinos y los empuja a la acción política local.

El poder social, que toma carácter político cuando se articula dentro o entre colectivos, tiene su base primera en el control de recursos necesarios para la producción y reproducción social, pero también está anclado a la posibilidad de producir significados sobre lo social; el poder controla pero también produce modelos de representación social, discursos que identifiquen a los colectivos como tales, básicamente como participes de intereses comunes. Esa doble visión del poder, a veces más o menos confluyente,es la que subyace a nuestra visión de los fenómenos políticos.

Que solucionen los problemas.
Mientras, los "representantes del pueblo" legislan, votan y discursean de cara al trono y de espaldas a la gente. Les importa el trono, de donde se derrama el privilegio que llena sus bolsillos o les acaricia el ego, pero sobre todo garantiza que vuelvan a ser incorporados en las listas electorales. Se comportan igual que en los tiempos de la monarquía absolutista. No se sienten obligados a rendir cuenta a quienes los votan, sino al mandamás que los inscribe en la lista, que los "designa".

¿Queremos ser parte del problema o parte de la solución?
Es un crimen desaprovechar las oporunidades. En lugar de criticar aprovechemos este tiempo para armar un proyecto que nos incluya a todos con propuestas concretas dirigidas a un eventual espacio que deseamos crear. Es más fácil criticar que crear, más fácil decir que hacer, más fácil pelear que darse la mano para construir un Alcorcón mejor. Hagamos autocrítica, el que esté libre de culpas que arroje la primera piedra. No hay peor intento que el que no se realiza.

Mi propuesta es proponer y acordar qué Alcorcón queremos. En lugar de buscar salvadores apuntemos a que funcionen las instituciones de la democracia. Un compromiso sobre lo que se debe hacer y que se cumpla. Lo que tenemos no es una democracia sino una demagogia.

Quizás llegó el momento del control democrático de nuestros dirigentes que aprovechando nuestras anteojeras llevaron a Alcorcón al precipicio, que aprendan a gobernar para todos y no para si mismos o para unos pocos. Las crisis representativa política, como la que actualmente soportamos en Alcorcón, son tormentas necesarias para limpiar la siembra, para espantar a los que se la roban y para ahuyentar las plagas.

Pido, en definitiva, que no se haga política de escaparate sino de soluciones reales y eficaces.

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