12/12/08

Política por y para el ciudadano. La política del Siglo XXI. Crisis en los partidos actuales.

La cuestión de los partidos políticos, su carácter, sus dinámicas de funcionamiento interno y externo y al fin y al cabo la imagen pública que presentan está adquiriendo cada vez más relevancia dentro de los debates sobre la participación política de la ciudadanía.

Una primera reflexión sobre este problema que nos ocupa, me lleva a pensar que el modelo de partidos políticos que se presentan delante de la gente es un modelo caduco. Podríamos decir que esta característica afecta al conjunto de partidos, a derecha e izquierda.

Seguramente es atrevido decir que tenemos unos partidos que presentan unas dinámicas internas y unas articulaciones propias del siglo XIX. Hoy en día, los partidos tienen comisiones sectoriales abiertas a la gente que no es estrictamente militante, su presencia pública busca la máxima repercusión social e incluso algunos partidos han vivido experiencias como las elecciones primarias de candidatos. Por tanto, los partidos a día de hoy han evolucionado en buena parte pero sí es verdad que todavía presentan prácticas propias de modelos decimonónicos.

A continuación destacaré algunas de estas prácticas que intentan poner luz en esta cuestión. Antes, sin embargo, para entender el origen y el significado de estas prácticas realmente extemporáneas, hay que repensar un concepto que continúa manteniendo su significado plenamente decimonónico y que cada vez, a mi entender resulta más anacrónico.

Este concepto es el de discurso. Porque el funcionamiento de los partidos tiene una íntima relación con su discurso político. O al menos, tendría que tener. Y tendría que tener si entendemos la noción de discurso no sólo como el conjunto de ideas articuladas a partir del lenguaje con el fin de proyectar la visión de un problema determinado o la concepción de un modelo de sociedad, sino como una concepción del discurso que engloba tanto el relato de ideas como las prácticas e instituciones que se derivan. Es decir, en esta visión del discurso teoría o práctica no permanecen en una relación de subordinación ya sea de la teoría con respecto a la práctica o a la inversa.

Dentro de esta noción de discurso la teoría y la práctica están en un mismo plan. Son equivalentes. O si se quiere, en una relación de coherencia entre lo qué se llama y se escribe y lo que se practica. La desconexión entre teoría y práctica proyecta una representación que no se ajusta en un molde previamente determinado. La prevención de la ciudadanía con respecto a esta imagen me parece que es perfectamente comprensible. Por tanto, y para cerrar esta primera reflexión, los partidos tienen que recuperar y subrayo recuperar, la coherencia entre su ideología que afirman defender y el discurso político en el cual se articula. La recuperación de la coherencia entre ideología y discurso es esencial. Lo es porque fue uno de los factores que condujo a las izquierdas y a las derechas a los éxitos alcanzados a lo largo del siglo XX.

Entonces se creía en la necesidad de un partido la misión última del cual tenía un carácter mesiánico ya que tenía que conducir en las clases trabajadoras a la emancipación absoluta respecto de los efectos perversos que ocasiona el sistema capitalista. Pero hoy en día éstos sujetos a que fueron interpelados de esta manera ya no existen. La ciudadanía, ha alcanzado un alto grado de emancipación con respecto a las formas de poder absolutas, vive en el marco de un modelo socioeconómico que con las deficiencias que se quieran y con las mejoras que habrá que introducir en el futuro, es lo mejor que la humanidad no ha conocido nunca.

¿Así pues, si el individuo, la persona ha alcanzado un muy alto grado de emancipación por qué los partidos políticos continúan manteniendo prácticas propias de un discurso todavía mesiánico? Aquí recae la paradoja y el origen, a mi entender de la crisis de los partidos. Hablaba al principio de ciertas prácticas de los partidos políticos que son más propias de concepciones decimonónicas que de formaciones políticas coherentes con las nuevas realidades sociales o si se quiere, discursivas.

Citaré algunas. Actividad excesivamente opaca de los órganos de dirección, elecciones de candidaturas y de las líneas estratégicas de forma indirecta, unos flujos de información de la vida interna del partido insuficientes son algunas de las prácticas comunes de los partidos hoy en día y que dibujan una imagen de los partidos demasiado oscurantista si se me permite el calificativo. Pero cuando nos adentramos en este debate corremos el peligro de pensar en una alternativa seguramente demasiado fácil y aparentemente atractiva: el asamblearismo. Nada más lejos de mi intención defender al modelo asambleario. La probada inoperancia de este sistema traería a la misma desafección con respecto a los partidos ya que la persona interesada al participar seguramente ve cómo es prácticamente imposible hacer avanzar la organización.

Y es que el problema no es el ejercicio del poder. Creo firmemente que la ciudadanía no detecta el problema de los partidos políticos en el hecho de que un grupo reducido de personas ejerzan la gestión diaria de la organización e incluso que puedan llegar a definir la táctica electoral ante de unas elecciones. El problema fundamental reside en la legitimidad de este poder de ejecución. La gente quiere poder decidir no la táctica pero sí la estrategia a medio y largo plazo del partido.

Estrategia que va intrínsecamente ligada a los propios fundamentos ideológicos del partido y la articulación del discurso político. Es esencial pues, que los partidos articulen mecanismos de toma de decisiones los más horizontales posibles.

Pero como digo, no sobre todas las decisiones porque eso llevaría al asamblearismo. Aquellas decisiones que tienen que ver con el carácter y personalidad del partido: la estrategia a seguir, sus principios ideológicos, su estructura general.

En resumidas cuentas, su discurso entendido en el sentido en que me refería antes. Sé que hasta ahora he estado haciendo un análisis de los partidos desde la perspectiva de la militancia. Y en realidad lo que preocupa a los partidos es su proyección social y electoral. Pero es que, a mi entender, una cosa va atada a la otra precisamente para mantener la coherencia de discurso.

Difícilmente un ciudadano votará un partido en el cual nunca se afiliaría. En cambio, sí que lo hará si siente y cree que podría ser militante de aquel partido.

Después las circunstancias personales lo llevarán a hacerlo o no en función de su tiempo y sus prioridades. Pero para conseguir el apoyo electoral de la ciudadanía los partidos tienen que conseguir que ésta tenga una cierta empatía con respecto a esta organización. Esto no quiere decir que sólo vote la militancia de los partidos.

Precisamente, eso acabará pasando si los partidos no repiensan en profundidad su discurso. Como digo, las realidades personales son muy diversas y no siempre permiten dedicar tiempo a la participación en una organización. Lo que sí hace falta es una interpelación enfática del partido político a la ciudadanía ofreciéndole un proyecto político basados en unos principios ideológicos y unas prácticas que estén en plena consonancia y conformen su discurso.

Hay que repensar pues, a manera de conclusión, los partidos políticos no como unos simples generadores de ideas y visiones sobre el modelo de sociedad, problemas concretos etc. Creo que hace falta ir más allá y entender que los partidos son unas estructuras vivas, dinámicas que al fin y al cabo tienen que ser un reflejo de cómo es la sociedad y sobre todo, de cómo queremos que sea.

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