4/11/08

¿No encuentras?. A tí, que buscas.

No sabes exactamente en qué momento fue pero cuando empezó, tu vida cambió. No fue algo espontáneo, sino más bien progresivo y gradual, un proceso lento y doloroso. Al principio algo timorato, pronto contundente: fue el momento en el que empezaste a pensar.

Primero fueron los interrogantes. Eran impulsos constantes ¿qué? ¿cómo? ¿por qué?, tormentas de preguntas, hambre de saber. Las respuestas no eran suficientes y cada una de ellas suponía unas cuantas dudas más. Era como si quisieses llegar al principio del todo, como si las preguntas fuesen las manos de tu madre desmenuzando alguna verdura, llegando al corazón de ella. Querías llegar al fondo, a la Verdad, a lo más puro. Lograr descifrar el código secreto, el motor de la vida, la respuesta final. Dejaste de ser un niño, aunque aun no lo sabías.

A tu alrededor las normas parecían estar claras: terminarías el colegio, estudiarías alguna carrera, empezarías a trabajar y a formar una familia. Tú vida sería la reproducción anádroma humana, como un molde genético que habría perfilado tu vida de antemano. Sin negar esa hoja de ruta, te planteas la legitimidad del sistema de valores, todavía de forma tímida. Buscas los límites de la moralidad, los contrastas con tus sentimientos, transgredes en tu cabeza cualquier tipo de ética. Rompes y violas las estructuras morales que juzgas reaccionarias. Y sin embargo vuelves al mismo centro, reconstruyendo todo el paquete de valores de forma personal. Cuando creíste saber qué estaba bien y qué estaba mal, viviste experiencias que derrumbaron tus convicciones. Sentiste que nada era seguro.

Tal vez empezaste a pintar, a escribir o simplemente a pensar en voz alta. Puede que tu talento aun estuviese sólo dentro de ti, prisionero de las limitaciones expresivas y humanas. El mundo de tu cabeza siempre fue más rico e intenso que cualquier obra humana, y eso te defraudaba y entristecía. A veces lograbas crear algo parecido a lo pensado, otras ni te aproximabas ¡cuanta rabia!. Seguiste analizando, estudiando, leyendo y aprendiendo, y todo te parecía poco. Cada vez que lograbas llegar a un conocimiento aceptable sobre algún tema, necesitabas imperiosamente conocer al menos un centenar de materias más para comprenderlo en su totalidad, y así exponencialmente. Esta sed no se saciará jamás.

Seguramente intentaste desligarte de tu tormento, buscar otros caminos menos complicados. Es posible que buscases una existencia más sencilla, calmar tu sed no en los libros sino en el fondo de una copa, o maltratar tus neuronas con pensamientos simples y repetitivos como el sonido de una taladradora. Eso, lejos de funcionar, te reafirmó con el tiempo que tu camino era el otro: el de la búsqueda.

Buscaste en la religión amor, pero sus supuestos representantes en la tierra no lo conocían. Militaste en uno o varios partidos buscando una sociedad mejor, pero encontraste en su seno los peores especímenes humanos. Te adheriste a corrientes filosóficas que juzgaste certeras, pero las de sus opuestos también te convencían. Trataste de creer en todo y acabaste por no creer en nada. Y del nihilismo volviste a tener fe.

A veces te sentías completamente sólo, más cercano a otros animales que a los propios humanos. Otras conseguías conectar de forma mágica con alguien, y sentías que tal vez no estabas tan equivocado. Quisiste limar diferencias para ser aceptado, y al poco tiempo levantabas fronteras infranqueables entre su pensamiento y el tuyo. Sea como fuere, al final llegabas a la certeza de que siempre estuviste del lado de los que perdían, la minoría absoluta.

Cada vez que aprendías algo te elevabas, y al rato te sentías insignificante. Tu cabeza se ilumina al conocer un poco más, y pronto caes en la aflicción más profunda. El saber te hace libre y a la vez esclavo, subordinando tu vida a tus pensamientos, desde los más simples a los más extravagantes. El camino a las ideas parece enrevesado y sin embargo una vez encontradas es como una flecha de acero, un rayo implacable. Es subir a la cima y respirar el aire puro, brazos en jarra y vista al horizonte.

Y sólo es el comienzo.

No hay comentarios: